Mujeres en el frente

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Elina Montes

Este año se conmemora el centenario de la finalización de la Gran Guerra (1914-1918), el primer conflicto mundial que produjo una cifra cercana a los 10 millones de muertos y 20 millones de heridos sólo entre los soldados, un número escalofriante, al que debe sumarse el de las ingentes pérdidas civiles.

Cuando estalló el conflicto, en 1914, muy pocos pensaban que la guerra iba a extenderse por tanto tiempo, las canciones de la época tienen tonos optimistas. Incluso se especulaba con que las mujeres iban a quedarse en sus hogares esperando el regreso de los soldados o, a lo sumo, si pertenecían a la clase obrera, que realizarían temporalmente el trabajo de los hombres en las fábricas de municiones, mientras, como decía una balada, mantenían el fuego encendido en los hogares para el regreso de los que habían partido para el frente.

Si bien la enfermería cuenta con una historia de siglos, es a principios del siglo XIX cuando cobra entidad la formación de enfermeras no confesionales.  En efecto, data de 1836 la creación de la Sociedad de Enfermería en Filadelfia (EE.UU.) y es pocos años más tarde, en 1850 y a partir de la experiencia de la Guerra de Crimea, cuando Florence Nightingale establece los fundamentos de la escuela de enfermería que sentarían las bases del desempeño de las profesionales de la salud.

…no teníamos ni tiendas, ni camas, ni medicamentos. Era muy poco lo que podíamos hacer por nuestros pacientes…

En Inglaterra, las enfermeras que sirvieron en los hospitales del país y en el frente durante el conflicto pertenecían al Servicio Militar Imperial de Enfermería “Reina Alejandra”, creado en 1902. Éste comenzó con un grupo de 300 mujeres y al finalizar la guerra ya eran 10.000. Se habían ido sumando voluntarias con un mínimo entrenamiento, que fue perfeccionándose, y se agregaron además enfermeras civiles y parteras.

El trabajo en los hospitales se reveló muy pronto como una tarea agotadora y a menudo peligrosa. En una carta de 1917, Grace Wilson escribe: “Las cosas aquí son demasiado horrendas como para ponerlas en palabras…nos encontramos ante un pedazo de tierra con hombres heridos y sufrientes, sucios y con las ropas empapadas de sangre, recostados entre piedras y cardos. Y no teníamos ni tiendas, ni camas, ni medicamentos. Era muy poco lo que podíamos hacer por nuestros pacientes”.

Vera Brittain, la autora del poema que copiamos más abajo, había perdido en el frente de batalla a su novio, a su hermano y a dos amigos muy cercanos. Servir como enfermera le pareció que era, a la vez, una deuda y una obligación, a pesar de la resistencia de sus padres que la querían en casa atendiendo asuntos familiares.

La Gran Guerra introdujo problemas médicos mayormente desconocidos en la vida civil y que resultaron ser nuevos para médicos o enfermeras. Los más comunes eran los relacionados con las infecciones producidas en las heridas en las que las balas incrustaban trozos de uniforme y fango contaminado de las trincheras. No había antibióticos, por supuesto, y los desinfectantes eran escasos. Hay estudios que se centran en los umbrales de resistencia al dolor físico y, por supuesto, los que comenzaron a revelar los traumas psíquicos ante la exposición a situaciones extremas.

Kate Luard, una experimentada enfermera que servía en Bélgica, escribía hacia el final del conflicto: “Me siento aturdida, dando vueltas por las hileras de cuerpos arruinados, silenciosos o gimientes. Muchos mueren y sus camas se llenan de inmediato. Estamos tan acostumbrados a la muerte que ésta ya no provoca ninguna impresión más allá de la vaga sensación de fracaso médico. Olvidas por completo que alguna vez fueron civiles, que ayer estaban vivos y bien, que tienen esposas y madres y padres e hijos; lo único que te das cuenta es que son soldados muertos y que hay otros miles».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Santuario de hospital
por Vera Brittain (1893-1970)

Cuando en un cataclismo del mundo lo has perdido todo,
cuando has sufrido y rezado, y visto que eran en vano tus rezos;
cuando ha muerto el amor y no puede renacer la esperanza,
ellos aún te necesitan: vuelve a ellos.

. . . .

Cuando los días tristes traen la pérdida de toda ambición,
y se ha ido el orgullo que para soportar te daba fuerzas,
cuando está roto el poder de decisión y destrozados los sueños,
vuélvete a ellos, que de tu atención dependen.

. . .

Ellos también han sondeado la profundidad de la angustia humana,
viendo que todo lo que importaba se desvanecía en el viento.
Las oscuras moradas del dolor en donde languidecen
ofrecen la paz por la que finalmente rezas.

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