Relatos en primera persona: un día de pandemia, un día cualquiera

Foto de Filip Filkovic Philatz en Unsplash
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Mi nombre es Viviana Karina Arancibia, tengo 46 años, vivo en Lanús, soy enfermera del Hospital Italiano de Buenos Aires, me desempeño en el sector de preparación de medicación en la Terapia Intensiva de Adultos. Cuando el país empezó con las primeras medidas contra el COVID-19 me encontraba de vacaciones laborales, estaba en casa arreglando, poniéndole mucho color; sin saber la estaba acondicionando para lo que se venía. Desde el viernes 20 de marzo que se anunció cuarentena obligatoria hay un millón de emociones que pasan día a día por mi mente, alma, corazón. Hoy me encuentro haciendo la cuarentena con mi hijo, Nazareno, que tiene 22 años, estudiante de enfermería, y estoy orgullosa de eso. 

Cada día que amanece es un agradecer al Universo, a Dios, que estamos vivos. 

Cuando amanece, me levanto, desayuno, me informo, escucho música, cocino, limpio, y dejo todo listo para que mi hijo siga la rutina. 

A las 12 salgo para el Hospital, camino por mi calle, donde no hay casi movimiento, llego a la estación, espero en la parada del 160 con distancia social adecuada. La gente la respeta, veo poco gente circulando. 

Subo al colectivo. El colectivero, con su equipo de protección personal; le agradezco por su labor y por ayudar a que cada uno llegue a su lugar de trabajo. Sólo podemos ir sentados los pasajeros, todo se respeta, una vez que saco el boleto me siento y me coloco alcohol en gel y empiezo a observar a mi alrededor; veo caras preocupadas, tristes, pensativas, angustiadas, personas con guantes, barbijos, todos estamos más distanciados, desde mi ventanilla veo autos manejados por personas con barbijos, guantes… el domingo que fui a trabajar una chica que tenía la tarjeta de la institución donde trabajaba veía como respondía mensajes y se le caían las lágrimas. 

Foto de De an Sun en Unsplash

Ese domingo fue un día de mucha angustia para mí, salí de mi casa y mientras viajaba hablaba con mis amigas y sentía una sensación rara, pensaba en mi hijo que había quedado en casa, le dejé un cartelito que decía Hijo te amo, nos vemos #QuedateEnCasa#YoNoPuedo. 

Y le envié esa foto a mis amigas y ahí entendieron todo lo que me estaba pasando en ese momento y me largué a llorar… Bajé del colectivo en la esquina del hospital, estaba entrando, me llamó mi hijo por teléfono y me tranquilicé. 

Veo a mis compañeros, al equipo de salud en general, que trabajan con los pacientes con COVID-19 y me emociona porque cada uno de ellos tiene familia, hijos, amigos, familiares, nietos y están ahí poniéndolo todo para cuidar a la persona que está acostada en la cama aislada de sus afectos, de sus seres queridos. Un día una compañera fue a buscar la medicación a la farmacia y nos dijo: “voy a entrar a asistir al paciente X porque no quiere que lo dejemos solo”. 

Pensé: qué fuerte lo que le debe estar pasando a esa persona, el estar internado en una terapia nos es grato; pero como nuestra terapia es abierta, entonces los pacientes la pasan de otra manera porque casi siempre están acompañados por un familiar o por un ser querido. Hoy en día, en cambio, se encuentran solos. 

Ese paciente hoy ya no está entre nosotros, y las últimas caras que vio, las últimas voces que escuchó fue las del equipo de salud.

Por eso es tan importante en este momento y siempre la empatía. Es admirable lo que se hace todos los días. 

Esto es una de las tantas vivencias que quería dejar plasmada en Epidauro: un día de pandemia, un día de cuarentena, en un hospital, en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. 

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