Se murió mi paciente

Cuando el profesionalismo y la entrega no pueden estar por encima de las emociones. Qué pasa en una sala de terapia intensiva cuando llega la hora de enfrentar tanto dolor.

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Por Viviana Arancibia (1) (2)

Son las 12. Salgo de mi casa para tomar el colectivo e ir a trabajar. Mucho tránsito, la calle está pesada.  Veo caras felices, preocupadas, gente leyendo, diversidad de historias que se entrecruzan…

Miro el reloj, no me gusta llegar sobre la hora ya que hay colegas esperando que yo tome la guardia para ir a descansar y estar con sus seres queridos. Ingreso al hospital, ficho, me cambio y comienza mi día.

Uno de los pacientes, Marcelo, tiene 19 años, es oriundo del conurbano bonaerense y llegó a la Terapia luego de un trasplante bipulmonar. Estuvo internado en estado crítico durante bastante tiempo en mi Unidad. Con el paso de los días y, muy de a poco, se fue recuperando. Cuando pudo sentarse en un sillón al lado de su cama, comenzó a dibujar. Era un apasionado del dibujo: tengo colegas que aun hoy guardan las producciones que él les hizo.

Todos los días cuando pasaba a saludarlo le decía: – “Buenos días Marcelo”.

y él respondía: – “¡Hola Vivi! “

Estaba feliz por tener otra oportunidad. Su sonrisa lo decía todo.

Verdaderamente estaba muy implicada con este paciente….Quizás, demasiado. Un día, impulsada por la necesidad de gratificarlo, decidí consultar a su médico si podía tener una merienda diferente de la que ofrecía el hospital rutinariamente. La respuesta afirmativa me hizo averiguar de inmediato que le encantaba la chocotorta. Entonces, crucé a un bar de enfrente  y pedí que me prepararan el mejor capucchino con una porción de chocotorta. Además, compré dos tarjetas con emoticones y escribí en una: “Sos un campeón de la vida” y, en la otra: “Marcelo, ya falta poquito para estar con tus seres queridos”. Luego se lo entregué: fue el mejor regalo que hice desde el corazón.

A los pocos días le dieron el alta y regresó a su domicilio. Todo el equipo que lo asistía estaba contento por la noticia. Incluso, nos sacamos fotos, selfies con él y su familia antes de que se fueran.

Sin embargo, unos meses después, Marcelo fue  internado de nuevo. Vino a hacerse un estudio y empezó a desaturar. En su nueva estancia, volvimos a interactuar: él hablaba por teléfono en su sillón, yo le hacía chistes, intercambiábamos sonrisas, era un miembro más de la Terapia….

Un lunes, al empezar la guardia, me comunicaron que Marcelo se había descompensado: estaba en asistencia respiratoria mecánica, con un rass de -5,  inotrópicos , analgesia…. Desde ese momento, no volví a verlo sentado.

Pocos días después vinieron a pedir Beriplex y adrenalina. El equipo de salud entero estaba comprometido con su recuperación. Se escuchaban voces que pedían una cosa u otra… Le hicieron de todo y mucho más con la esperanza de que saliera adelante . Su cuerpo no soportó más y entró en paro cardio-respiratorio: alarmas, el carro de paro, maniobras de reanimación  pero todo fue en vano….

No es fácil estar en los zapatos del personal de Terapia Intensiva…. Aunque somos profesionales, también somos personas que sentimos, nos emocionamos y apegamos a los pacientes

Caminando por  la sala, me crucé con una kinesióloga con los ojos llenos de lágrimas. Marcelo ya no estaba entre nosotros. Aunque me esforcé,  no pude evitar empezar a llorar desconsoladamente… Pensaba en él, en su familia…. No me hubiera gustado estar en lugar del médico de guardia cuando tuvo que informar del fallecimiento a su mamá. Luego la vi a ella: estaba sola, junto a la cama donde su hijo yacía muerto con un dolor inefable, en silencio. Se acercaron a contenerla unas señoras que estaban pasando por una situación similar por tener algún familiar para trasplante u otra cirugía compleja.

Recuerdo esa tarde con un halo de tristeza intensa. Fue muy difícil seguir trabajando para mi, Para colmo, tuve que  controlar el carro de paro que se había utilizado con él.  Me quería ir, no soportaba estar allí, me invadía la angustia. Nos abrazábamos con mis compañeras que también estaban desencajadas.

No es fácil estar en los zapatos del personal de Terapia Intensiva…. Aunque somos profesionales, también somos personas que sentimos, nos emocionamos y apegamos a los pacientes, si bien  por lo general procuramos no demostrar las emociones. Marcelo nos dejó una lección: cuando se ama la vida hay que dar batalla. Los enfermeros,  médicos, kinesiólogos, residentes y todos los profesionales de UTI somos soldados que seguimos peleando a pesar de las heridas emocionales.

 

(1) Enfermera, sector de reconstitución de medicación de la Unidad de Terapia Intensiva de Adultos del Hospital Italiano de Buenos Aires

 (2) Artículo publicado el 2 de marzo de 2018 en http://www.fcchi.org.ar

4 Comentarios

  1. Hola Alejandra, muchas gracias por comentar sobre esta historia tan dolorosa. Para nosotros es importante reflejar que el trabajo de la enfermería se nutre también de estas cosas. Saludos

  2. Imagino lo difícil que debe ser para las enfermeras que algo así las afecte cuando un paciente muere. También debe ser muy gratificante cuando ven que al fin son dados de alta y pueden continuar sus vidas.

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