Desde adentro. Atravesar el COVID-19, relato de un enfermero en primera persona

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Desde adentro es un relato en primera persona de quien les habla: Javier, 48 años, enfermero del Hospital Central de la provincia de La Pampa y de la Fundacion Faerac, residente en la provincia de la pampa.

Finalizando el año 2019, más precisamente el 31 de diciembre, se detectaba en Wuhan, China, el primer caso del coronavirus y el inicio de una nueva era en todo el mundo.

China, lugar donde se originó la pandemia. Photo by KOBU Agency on Unsplash

En el mes de marzo de 2020 se detecta el primer caso en la Argentina; nos sorprende la llamada nueva pandemia.

Desde ese momento y en los meses siguientes comienza en forma acelerada el proceso de crecimiento del virus, se hace necesario conocer a lo que nos ibamos a enfrentar, que se trataba el nuevo coronavirus.

Hablo en primera persona del plural porque, por mi lugar de trabajo, iba a estar en el campo de batalla en la primera línea de defensa.

En el mes de julio de 2020 aparece el primer caso de coronavirus en la provincia de La Pampa, un pasajero proveniente de Turquia que al regresar a Buenos Aires embarcó en el aeropuerto de Barajas, España, en ese momento zona roja del coronavirus.

Desde esa fecha en adelante comienzan a multiplicarse los casos, nuestro servicio de clínica médica del hospital Lucio Molas se agranda y se divide en área COVID y en área No COVID.

Frente del Hospital Lucio Molas, en La Pampa.

Interrogantes, cuarentena, restricciones, pocas horas en casa, muchas horas en el hospital, pensar y trabajar mucho y cuidarse más. Corrían los meses y llegó el mes de octubre del 2020.

Dia 8 del mes de octubre: se comienza tempranito, 5.30 hs., sala casi llena, un paciente descompensado pronto a pasar a unidad de cuidados intensivos, colocamos el catéter central por vía periférica (para los trabajadores de salud, PICC, por sus siglas en inglés), dificultosa, el paciente se encuentra hipoxémico. Con desasosiego, pero en carrera, con acceso venoso colocado.

Día 8, 18 hs.: fin del día presencial de trabajo, pero siguiendo desde el teléfono la dura batalla con brazos, mente cansada, la preocupación constante por los compañeros y la familia. Llego a casa. Algo raro pasa en mi cuerpo, lo presiento, me sentía un poco más cansado que lo normal.

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Horas más tarde aparecen los escalofríos. ¿Temperatura? Sí, fiebre 38,7°, agotamiento físico, tos, premonitoriamente me siento enfermo, le pido a mi familia que se traslade a otro sector de la casa. Me baño. Con mil cosas dando vueltas en mi cabeza…. Me saturo: 82%, e inmediatamente solicito la ambulancia.

Me siento en la ambulancia, necesito el oxígeno, y realizo el viaje más inesperado: estoy en la ambulancia como paciente. El médico de guardia, mis compañeros médicos y enfermeros me presentan el informe: la placa esta muy fea, es una neumonía bilateral. La decisión: pasás a terapia.

Si me preguntan de mi paso por ahí, poco recuerdo. Algunos pases de compañeros, mucha falta de aire, el pendiente del saturómetro para superar los 80% que con angustia alcanzaba. Veinticuatro horas más tarde, una nueva decisión: “Gordo, no queda otra, te tengo que entubar, no podes más. Puteame, decime lo que quieras, pero cuando te despiertes ahí voy a estar para que me lo digas”, expresó Naty la jefa de la UCI, convencida del resultado y convencida de que era lo correcto. Fue lo último, se apagó el display, como cuando se apaga un TV. Fin de las imágenes.

“Gordo, no queda otra, te tengo que entubar, no podes más. Puteame, decime lo que quieras, pero cuando te despiertes ahí voy a estar para que me lo digas”

Pasaron  49 dias; en el medio tuve varias complicaciones: una sepsis, un drenaje de vesícula, dos paradas cardiorrespiratorias, una traqueotomia, pero yo sólo tengo un vago recuerdo de alarmas y precipicios, sólo eso.

Día 51: abro los ojos. No sé si es de dia o de noche. Tampoco sé dónde estoy. En mi brazo derecho una mano, a mi otro lado otra mano, reconozco las voces, pero no identifico. En mi frente de la cama mucha gente, con sus respectivos equipo de protección personal (los EPP). Una voz capta mi atencion: “¿qué era lo que me tenías que decir si despertabas? Yo te dije que acá iba a estar para ese momento. ¿Sabés quién soy?… ¿qué tenías que decirme?”. Miro y trato de responder. Claro, no podía, estaba aún con la traqueotomía; pero sabía que era Naty. ¡Síiiiiii, había vuelto! Los reconocí a todos, aun con sus EPP. Miré a mi alrededor, me miré a mí mismo, ahí estaba con sonda nasogastrica, vías centrales, sonda vesical, drenajes, monitores, sujeción; pero había vuelto y desde adentro era la sensación de estar en la otra vereda: la del paciente. (poco paciente)

Mil preguntas: mis hijos, mi gran amor, Romi; mi madre, la Tere… ¿Cuánto hacía que estaba asi? Alguien se acerca y trae una carta de la razón de mi vida, mis hijos, le pido a mi compañera la abra para leerla: el “hola pa” me desgarró el alma. Cuánto los necesitaba a mi lado, eran todo para mí, y la emoción me pudo, no pude seguir leyendo pero les pedi me la dejen debajo de mi almohada. Alguien que no reconozco que me dice quedate tranquilo, Romi está acá afuera esperándote. ¿Esta bien?, pregunté. Sí, muy bien, esperándote, y las lagrimas brotaron. Tu mamá también está súper bien, la cuida mucho tu hermana del corazón, Ale. Está en su casa, no puede venir al hospital porque es peligroso. Y el alma me vuelve al cuerpo, la necesidad de verlos, pero sabedor de que todos estaban bien y esperándome. Empezó mi larga espera, a veces la ansiedad me ganaba, contaba las horas, los minutos los segundos, una y otra vez las imperfecciones del techo, las formas, contar de dos en dos, de cuatro en cuatro. Ahí adentro el reloj de arena pasaba cada vez más lento…

Nos acostumbramos a ver a nuestros afectos a través de un vidrio. Photo by Önder Örtel on Unsplash

El amanecer, las estrellas, el rayo de sol que se filtraba por las hendijas del ventiluz, las formas de la pared, los dibujos que se formaban. Esperar la entrada de los chicos enfermeros: a la mañana el baño, a la tarde la medicación y a la noche los controles. Esperar a los kinesiólogos, Alvaro y Coti, que lleguen, me pongan musica y me sienten, mi brazo derecho y mi pierna no se movían, estaban como muertos, no respondían.

El acompañaniento, la comprensión, la valentía, la atención, la vocación de mis compañeros enfermeros. Todo el tiempo pequeñas concesiones de compañeros de muchos años, de amigos, sentir una mano, una palmada, las lágrimas de algunos al mirarnos, muchas cosas… que sólo se sienten desde adentro.

Día 8 de la UTI 2: tempranito, posterior al cambio de guardia, Alvaro, el kinesiólogo, y Gastón, jefe médico del servicio, relatan: ¿mucho moco? Nada…. hoy le sacamos la cánula.  ¡Sí! Perfecto, responde Alvaro. Casi medio día sin cánula endotraqueal, pude decir mis primeras palabras, soplá apenas un poquito. Sostengo con mi mano izquierda y todo perfecto, mi mano derecha muy inmóvil, al igual que mi pierna derecha…

Día 12 de permanencia en la UTI 2:  ingresa el Dr. Gastón, tempranito… y me dice: hoy bajas a clínica te vas con tu familia. Repasé todas las imperfecciones del techo y las paredes y las conté una y otra vez. El tiempo estaba detenido, pero llegó el momento, escuché el ruido de las barandas de la camilla. Lo reconocí y alla íbamos. Salida, puerta, ascensor, se hacía interminable el pasillo. ¡¡Quería encontrarme con mi familia ya!! Tenía un nudo en la garganta y el estómago se estrujaba.

Habitación 11 de clínica medica, mi servicio, mis compañeros, el cartelito de ellos en mi habitación, mucho tiempo había pasado: 61 dias… pero ahí estaban esperándome Romina: Leo, mi amigo y compañero; Gonza y Marti, mis hijos, mi vida entera, su carta apretada en mi mano, junto con la estampita de San Expedito y el rosario de mis amigas, el dibujito de Orne, el retrato de Mateo pegado en la pared y comenzaba la nueva lucha contra mí mismo y la de avanzar, sin traqueostomia, pudiendo hablar, sin poder caminar, sin poder comer, sin poder ir al baño, pero ahí estaban a mi lado Romi y mis hijos, 13 días más.

Día 4 de clínica médica: se fue la sonda vesical, se fue la sonda nasogástrica, mi primera colación: una delicia indescriptible. Mi primer sorbo de agua con espesante y la desesperación que se aliviaba, podía tragar….

Día 6 de clínica médica, con el Flaco, mi amigo y camillero del servicio haciendo Willy a rehabilitación. Empezando a conocer la inmensidad de un servicio desde adentro: fonoudióloga, psicóloga, psicopedagogo, terapia ocupacional, kinesiólogos y la doctora Laura, “la jefa”.

Día 4 de clínica médica: se fue la sonda vesical, se fue la sonda nasogástrica, mi primera colación: una delicia indescriptible.

Muchísima humanidad. La contención inmensurable. Y ahí arrancamos el camino de lo positivo, a sumar y avanzar todos los días un escalón, como me decían a cada momento. A valorar desde adentro cada avance, cada movimiento, cada poquito.

Día 7 de clínica médica. Siesta, Romi en casa descansando unos minutos, Marti haciendo cosas, Gonza con su teléfono en la otra cama y los dos mirando un partidito de fútbol. Gonza, ¿y si me paro? Tengo que poder… ¿qué decis?. “No sé, no creo, ¿y si te caes?”, respondió. Sentame que en un rato me ayudés y probamos. “Bueno pa”, dijo Gonza.

¡Y lo intento!!! ¡intento pararme!… y a tierra, obviamente. Me caí, no pasó nada, ni siquiera me golpee, entre risas y retos de Gonza y la vergüenza de la caída llamamos a las compañeras enfermeras y a la cama nuevamente.

Nadie lo vio; mi cara no expresó ni enojo ni frustración. Sólo sonrisa, pero desde adentro se sintió el temblor, desde adentro se derramó una lágrima, desde adentro afloró el pensamiento, creo que no voy a volver a caminar: mi lado derecho no responde.

Y llegó, por fin, el momento de irme a casa. El aire que golpeó mi cara. La silla de ruedas, mi nueva compañera. El recorrido que muchos años hacía en el regreso a casa desde hospital. Mi casa. Mi amigo intachable, el que siempre estaba: Mateo, mi perro. Y llegaron el pararme, los primeros pasos, mi primer baño solo, el primer bocado en mi boca, el sentarme afuera en la vereda, la visita de mis amigos y algún que otro vaso o plato roto también… jeje

Y llegó, por fin, el momento de irme a casa. El aire que golpeó mi cara. La silla de ruedas, mi nueva compañera.

Hoy, 8 meses después, sigo subiendo la montaña, cada vez más cerca de la cima, pero ya sin mi silla de ruedas; sigo subiendo, lento, de a poco, pero con pasos firmes. Sin prisa. Sin correr porque aún no puedo. Tratando de concentrarme en equilibrarme con mi brazo derecho aun defectuoso. Siguiendo mi rehabilitación en mi querido hospital, con el apoyo incondicional de las doctoras Laura y. Vicki. Pero viendo la vida desde mucho más adentro, entendiendo que ya perdí una oportunidad en la vida, que ésta debo aprovecharla.  Porque entendí que lo esencial es invisible para los ojos… Pero no para el corazón…

Obviamente se escapan un montón de nombres más, y protagonistas de esta historia real y victoriosa de un simple enfermero, simplemente vista… desde adentro…

Javier Piorno / MP 3407

Supervisor de Enfermería Fundación Faerac

Jefe de Enfermería Clínica Médica Hospital Lucio Molas

Santa Rosa, La Pampa

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